Animal cautivo

Hay que asumir que se es un animal, cautivo, entre los límites poco claros del espacio cibernético, universal, dudosamente real. Soy un animal... sólo tengo esa certeza y no me queda otra alternativa que escribir poesía para humanizarme. Tal vez debo decir solamente Escribir. Sé que no es la mejor manera para instalarse en un blog dispuesta a cazar espíritus. Pero tengo un hambre de pasión metafísica que convierte en Dios todo lo que toco.

martes, junio 09, 2009

Marco Antonio Campos (México, 1949)


























ELEGÍA DE FILADELFIA

a Juan de Dios Vázquez



Por ella viví en el mal de años (digamos tres),

viví y el calendario señalaba: 1974 a 1977

Crédulo me decía que la vida se hace
como el bronce en las manos de Rodin,
como las parejas enlazadas de Rodin,
como lo decía Paulina en su avanzar como música
bajo el follaje de los fresnos y las casuarinas
de las dos plazuelas de San Sebastián
en las breves y rinconeras calles
del Chimalistac sombrío

El día abre puertas a la luz
Emerjo del Subway y me sumerjo en la marea de gente 
que sale de la mole ennegrecida del City Hall 
En poco más de dos siglos este país de salteadores 
deshizo al mundo para convertirse, 
sin pedírselo nadie, en el forajido
disfrazado de policía 
Bebió hasta hartarse en la pirámide de los sacrificios 
la sangre de los mexicanos para punzar 
con tinta roja en el amate y delimitar en los mapas 
lo que en su saber es el sur de ese país
Como casi todo pueblo, el nuestro,
salvo en libros de historia, no mira ni siquiera 
el rostro mutilado que el salteador sajó
Generaciones van y generaciones vienen
y hace varias generaciones 
que nos arrancaron la mitad del rostro,
y somos amenazados por el perro fiero
que desde la puerta de la casa mira
al perro tullido que merodea con hambre
No es lucha de perros, ni siquiera eso,
me digo, y deambulo triste
a la sombra de un cielo hecho cenizas
en la soledad gris de la mañana trístida, 
y desciendo la calle Chestnut, una calle larguísima 
con tiendas de 
bric-à-brac y de comida rápida
y de construcciones de vidrio y acero y ladrillo rojo,
pero detrás de cuyas paredes se alcanza a ver 
el dinero de los hurtos gigantescos que
les ha servido para comprar el gran arte 
y para pagar a hombres que numeran y marcan 
la piel y la carne de animales y bestias 
en el matadero gigantesco de Wall Street

Pasaron veinticuatro años,
claro, veinticuatro años
La luna, la leve luna, que dio el azahar a otros, 
no me lo dio a mí, 
y en la premura del verano líquido 
terminó todo en escenas de boda convencional
de una pareja a la que ningún augurio
negó la felicidad
Con mi traje puesto para ningunas nupcias,
yo sentí (como en diciembre del ‘74),
cuando tres veces a la sombra me negó
tres veces diciendo que “no me conocía”, 
cuando como cierva asustada
buscaba malezas o huecos en el bosque 
para engañarme en la huida,
yo sentí que los platos y tazas de mi casa
se caían a pedazos en mi casa 
Que muros y muebles se ensombrecían
Que del libro más optimista o baladí
no lograba pasar por mi tristeza 
de la página cinco o la nota dieciséis
Que de pronto en mis libros y cuadernos
lucía su nombre escrito que se rompía 
en su luz múltiplemente y me rompía
la luz del alma en la luz del día contradictorio
Que el único sitio al que puede aspirarse en esta tierra
para vivir con decencia es el jardín emponzoñado
Que daba lo mismo todo
Ya daba lo mismo todo
Ay de aquellos que no oyen a tiempo
el canto de las sirenas, o no lo oyen,
porque el amor pasa como las naves,
porque el amor pasa como las aves,
y no vuelve

Vaya si fue duro ese año oscuro del ‘77 
Fue la única época –
la única
que tomé a diario tranquilizantes
Mi cuerpo de triple roble se debilitó 
y nada me regresó el vigor antiguo
Yo no sabía en ese momento 
que fuerza y fulgor se ensombrecían,
que una desconfiada y fuerte y cauta madurez  
me nacería en los siguientes meses cuando
arrojé a la basura los tranquilizantes,
y  viví, seguí viviendo, creí seguir viviendo
como mejor pude

Doy vuelta en calle ocho y viro a calle Walnut
Entro al café de La Cigale
Saludo al propietario  
Canadiense exhibe el café como francés
Ordeno un doble espresso  Me siento 
Bebo lentamente del espresso
Modelar los cuerpos como el bronce en las manos de Rodin,
nada más exaltado en su pureza que las parejas enlazadas
haciéndose el amor con el más alto amor
en las batallas del lecho, como decía Paulina,
mientras avanzaba musicalmente bajo los árboles
de las plazuelas y de las calles sombríamente verdes
del rinconero e íntimo Chimalistac

Pero fue menguando la fuerza corporal de juventud
Pero mi vida fue pareciéndose al barco de papel del niño 
que un hombre arruga y lanza al suelo con furia
mientras el llanto le cierra la garganta
Arruiné gran parte de mi vida, pero jamás 
me vio nadie escupir el libro de ética en la plaza pública 
o beber hasta saciarme en el charco sucio del jardín,
y eso, en verdad, es lo único que lego,
es decir, algo que no se palpa ni se ve,
y tal cosa, vamos, en México 
ni quien la tome en cuenta 
En México cualquier serpiente o gusarapo habla 
de “conciencia tranquila” o poder “ver de frente”
a los acusadores y a la gente de bien
Pero eso no importa
Pero eso a nadie le importa 
El peor de todos vomita y escupe sobre la camisa alba
del mejor y después lo acusa ante la justicia
o lo vulnera ante la opinión pública

Salgo del café y cruzo la calle
Oigo a lo lejos las navegaciones fluviales y las llegadas
al puerto de las imágenes de los sueños de William Penn
Ha habido días fríos
                                  nublados                                                  
 de claro sol 
Salvo los almendros y los arces en la universidad
los árboles de Filadelfia están desnudos,
pero los pájaros ya llegan a las plazas
al olor de marzo, y las ardillas, 
con las colas más largas que los cuerpos,
retozan en la hierba, brincan, se pican el hocico,
picotean migajas, huronean, desprenden 
el vuelo del vuelo de los árboles

Entro casi a ciegas a Washington Square,
entro y oigo las voces lúgubres de miles 
de soldados que dieron forma a este país,
entro y cruzo la plaza y sigo directo 
hacia calle Spruce, y sigo y sigo, y no paro 
hasta llegar al río, donde en las aguas contemplo a las sirenas
que un día creí que cantaban para mí.

(2001, inédito).
.

5 Voces dicen:

Blogger ángel Dice...

Triste y de bella aspereza, este poema del autor de Siga las señales. De él he colocado en meses anteriores algunos textos.

Gracias por publicarlo en tu espacio que frecuento.


Saludos...

viernes, junio 12, 2009 4:48:00 PM  
Blogger lila Dice...

Este poema de Campos me conmueve profundamente. Es intensísimo.

Saludos, Ángel.

sábado, junio 13, 2009 10:47:00 AM  
Blogger Lila Díaz Dice...

Un saludo a Marco Antonio por este gran poema que me hace recordar lugares y emociones vividas también por mí.

lunes, junio 15, 2009 10:55:00 AM  
Blogger Lila Magritte Dice...

"y sigo y sigo, y no paro
hasta llegar al río, donde en las aguas contemplo a las sirenas
que un día creí que cantaban para mí".

Me maravillan esos versos.

Un abrazo a Marco Antonio, poeta que siempre recordamos con mucho cariño.

domingo, junio 21, 2009 2:07:00 PM  
Blogger mentecato Dice...

¡Bellísimo!

domingo, agosto 02, 2009 11:02:00 PM  

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